
(Nota del editor del blog: amigo anónimo. Mil gracias por tu pluma y tu celeridad en la entrega del relato. Espero que gozen los demás seguidores como yo lo he hecho y ya sabes que tenemos que repetir otra tarde de sábado a salidas o noche aragonesa con feliu por la Madalena. Mentras tanto disfruta de tu Sol de España)
Cuando en la atmósfera concurren una serie de factores específicos en un escenario propicio, se desencadena una ciclogénesis explosiva que mediáticamente es conocida como “tormenta perfecta”.
Algo así sucedió en la indeleble tarde del 6 de agosto, en la que disfrutamos de un suculento festín del mejor baloncesto que jamás se haya visto en las vetustas canchas de nuestro club.
En ellas se respiraba un ambiente tranquilo, al filo de lo mortecino, en una bochornosa tarde, cuando de forma inusitada, cual cumulonimbus estivales, crecieron, alimentadas desde una hilarante tertulia en la extinta piscina masculina, unas desbordantes ganas de baloncesto, que descargaron litros de apasionante juego en una tarde perfecta.
Perfecta pues perfecto fue el número de jugadores que participaron en ella: un “3x3” que combina exigencia física y mental con diversidad combinativa y participación. Perfecta porque los incombustibles Monaj complementaron su indómita brega con un prodigioso acierto en el lanzamiento exterior. Perfecta porque a ellos se unió un más que resolutivo Nacho Navarro que una y mil veces resolvió con determinación, para otorgar una justa victoria a su equipo. Perfecta porque el maestro Nacho Laseca sigue siendo ejerciendo de impredecible prestidigitador. Perfecta porque Raúl se fajó en denodada liza bajo un calor sofocante frente a sus combativos adversarios para que su equipo vendiese su derrota a precio de oro, en plena crisis de la prima de riesgo española. En definitiva, una tarde perfecta e histórica, que será recordada durante mucho tiempo, pese a que había quienes auguraban semanas atrás el final de una temporada baloncestística que, visto lo visto, se resiste a concluir.
Lo único imperfecto fue, probablemente, la ausencia de algunos clásicos en su afán lúdico o migratorio.
El que renuncia a ser signatario de esta humilde crónica espera poder cumplir su compromiso de acudir a tan entrañables y placenteras citas deportivas con mayor asiduidad a la exhibida en los últimos tiempos.